Corpus Christi

Surazo

(*) Juan José Toro Montoya

Es increíble todo lo que se puede encontrar detrás de los detalles cuando se les presta atención.

Durante años escuché que Potosí era la única ciudad con autorización para sacar en andas el Santísimo Sacramento del Altar pero nunca se me ocurrió pensar en qué significaba eso. Me enteré recién, cuando comencé a indagar sobre la celebración de Corpus Christi en la ciudad del Cerro Rico.

Por una parte confirmé la versión popular: durante el tiempo en el que el Derecho Canónico era aplicado a rajatabla, estaba prohibido sacar de los templos al sacramento que no es otra cosa que la hostia consagrada.

La hostia se guarda en los sagrarios o tabernáculos, en los altares de los templos, y solo se puede sacar en custodios u ostensorios; piezas metálicas labradas para tal fin.

Aún hoy, solo tres ciudades tienen autorización del Vaticano para sacar la hostia; es decir el sacramento del altar, en procesión: Potosí, Sevilla y Ciudad de México. Roma también lo hace pero por derecho propio. Es cierto que hay muchas ciudades que utilizan la procesión de Corpus Christi para sacar sus santísimos pero lo hacen desautorizadamente.

Pero lo que más me llamó la atención fue que Potosí tuvo una primera gran procesión de Corpus Christi el año 1555, apenas nueve años después de que empezó a poblarse. Según la crónica de Bartolomé Arzans, fue una espectacular en la que los vecinos de la ciudad lucieron sus riquezas. El detalle es que, según el relato, en esa primera gran manifestación religiosa participaron indios a quienes el cronista les reconoce carácter de nobles.

“Luego se seguía un acompañamiento imitando el que tenían los monarcas ingas en su corte, el cual iba compuesto de la nobleza indiana que en esta Villa asistía —escribió—. Serían estos más de 200 hombres vestidos a su uso, aunque eran las camisetas y mantas de ricas sedas, y traían por su orden todas las insignias reales, en unas hamacas de finas mantas de algodón, las cuales eran el llautu y la borla (que era la corona de aquellos poderosos monarcas) las arracadas, chaquiras, pomares y licras (que eran unas máscaras de cabezas de león, que formabas de oro finísimo se ponían en los hombros, rodillas y empeines) el arco, carcaj y flechas, hondas, el chambe y el cuadrado escudo, con otras insignias y armas reales”.

Como se ve, no se habla del paso de un simple grupo de personas —dos centenares, en este caso— sino de hombres influyentes que no solo podían llevar armas sino también insignias reales.

Ese fue el indicio que alertó sobre la existencia de indios con gran poder económico en el Potosí colonial. La historiadora Ximena Medinacelli encontró, por ejemplo, a un nieto de Huayna Capac, “Carlos Inca, que figura como ‘dueño’ de yanaconas huayradores en el padrón elaborado de 1575” y revela datos sobre el Potosí de entonces. Ese solo dato cambia mucho de lo que se cree respecto a los primeros años de la Villa Imperial, los anteriores a las reformas de Toledo.

Y es esta procesión la que revela, también, que, además del Santísimo Sacramento del Altar, los primeros patronos de Potosí fueron el apóstol Santiago y la Virgen de la Concepción.

El dato no parece ser casual ya que Santiago es una de las advocaciones católicas más aceptadas por los pueblos andinos, al igual que el culto a la madre de Dios.

Así, partiendo de un hecho histórico, es posible desgranar todo un fenómeno religioso que surgió en Lieja en el siglo XIII pero adquirió características propias en América: la festividad de Corpus Christi

(*) Premio nacional en Historia del Periodismo