Vuelve el Tata Santiago

Adorado y admirado

(*) Juan José Toro

Primero estuvo Illapa. Para la mayoría, era el dios andino del rayo. Pero no. Ya en 1621, el jesuita Pablo Joseph de Arriaga supo diferenciar las cosas. Advirtió que “adorar a Libiac, que es el rayo, es muy ordinario en la tierra: y así muchos toman el nombre y apellido de Libiac, o Hillapa, que es lo mismo”. Pero no. Tampoco era lo mismo. Como en la mayoría de las culturas politeístas, los pueblos andinos tenían un dios para cada manifestación de la naturaleza. Así, el rayo tenía su dios y lo propio sucedía con la lluvia o el trueno.

Para estudiosos como Pablo Quisbert, Illapa es “una de las grandes deidades andinas, el trueno, con sus tres manifestaciones, el estruendo, el relámpago y el rayo” pero, al parecer, esa suma de atributos es el resultado de la confusión de sus roles con los de Thunupa al cual aparece asociado hasta antes de la expansión del Tawantinsuyu. El investigador agrega que durante la conquista incaica, “se constituyó exclusivamente en dios del rayo y el trueno y recibió el nombre de Illapa, pues hasta ese entonces los poderes que se le atribuyen habrían estado condensados en una sola divinidad, el antiguo Tunupa, del cual serían un desdoblamiento, cada cual con distintos poderes, Viracocha e Illapa”.

Pero Arriaga lo repite en su edicto contra la idolatría: “algunas personas adoran al Rayo, llamándole Libiac…” así que el dios del rayo no podía ser Illapa. O por lo menos no solo Illapa. Menos complicado es decir que, mutado o no, Illapa es el dios del clima y, como tal, era capaz de hacer llover, granizar y tronar con la ayuda de su honda que representaba el trueno, una piedra que contenía el rayo y, finalmente, el relámpago era el resplandor de sus vestiduras.

Como dios del clima, Illapa —o sus variantes— era el encargado de enviar la lluvia y acabar con la sequía. Y la sequía fue uno de los males mayores de los andes, tanto que hubo una que, según José Antonio del Busto, comenzó alrededor del año 950 y se prolongó por 60 años.

A este dios que, por las razones antedichas, a veces se adoraba como Thunupa y otras como Viracocha, o la suma de los tres, adoraban muchos de los pueblos andinos cuando llegaron los españoles.

MATAMOROS

Hay más de un Santiago en la tradición católica y dos de ellos formaban parte del privilegiado grupo de los 12. Lo curioso es que, en realidad, ninguno se llamaba Santiago. Los dos se llamaban Jacobo y, en el latín eclesiástico, su nombre era Iacobus. Su nombre de santos, en esa lengua es Santus Iacobus o Sant Iaco, de donde viene Santiago.

Uno de los Jacobos, o Santiagos, era hijo de Alfeo. A este se llamó, para diferenciarlo del otro, Santiago el menor, aunque existe una discusión respecto a su parentesco con Jesús. No falta quien afirma que fue su hermano, o medio hermano, o por lo menos su primo. Otra de sus denominaciones es Santiago el Justo.

Pero el santo que nos interesa es el otro, el mayor. Hijo de Zebedeo y Salomé, se dice que fue hermano del apóstol Juan así que se le considera uno de los preferidos de Jesús. Es el patrono de España porque, según la tradición, cruzó el Mediterráneo y llegó hasta Hispania donde no solo predicó el evangelio sino que consagró el templo de Hércules y dejó siete discípulos que continuaron su labor.

La historia de Santiago y su relación con España es tan vasta que pasa desde el uso de su lengua, pues se dice que llegó a hablar español, hasta el hecho de creerse que su tumba se encuentra allí, en Compostela.

La devoción por Santiago subió a niveles inimaginables tras la Batalla de Clavijo que las tropas del rey Ramiro I de Asturias habrían librado contra los musulmanes de Abderramán II. Según la leyenda, pues es tal, Santiago se apareció en sueños a Ramiro y le aseguró que estaría presente en la batalla contra los moros. Al influjo de ese sueño, los ibéricos derrotaron a los musulmanes al día siguiente y surgió la versión de que el apóstol habría aparecido en plena batalla y combatido en persona. A raíz de ello, se llama “Santiago matamoros” a la advocación que tiene un musulmán a los pies de su caballo.

 

MATAINDIOS

Cada vez son menos los historiadores que toman en serio la Batalla de Clavijo. Para la mayoría, se trata de una idealización de la segunda Batalla de Albelda en la que, si bien hubo victoria sobre los musulmanes, no existen reportes de apariciones milagrosas.

En ese mismo rango de leyenda están las apariciones de Santiago en territorio americano, muchas como parte de las tropas de los invasores. Wamán Poma de Ayala escribió que, cuando los españoles estaban sitiados por las tropas de Manco Inca en el Cusco, le rezaron al santo quien, según el segundo, “vino encima de un caballo blanco, que traía el dicho caballo pluma suri y mucho cascabel enjaezado y el santo todo armado con su rodela y su bandera y su manto colorado y su espada desnuda”. Por su parte, el Inca Garcilaso de la Vega refirió que “arremetieron a los indios, llamando a grandes voces el nombre de la Virgen, y el de su defensor Apóstol Santiago” y apuntaló la leyenda con esta versión:

“Fue Nuestro Señor servido favorecer a sus fieles con la presencia del bienaventurado apóstol Santiago, patrón de España, que apareció visiblemente delante los españoles, que lo vieron ellos y los indios encima de un hermoso caballo blanco, embrazada una adarga, y en ella su divisa de la orden militar, y en la mano derecha una espada que parecía relámpago, según el resplandor que echaba de sí. Los indios se espantaron de ver el nuevo caballero, y unos a otros decían: “¿Quién es aquel Viracocha que tiene la Illapa en la mano?” (que significa relámpago, trueno y rayo). Donde quiera que el Santo acometía, huían los infieles como perdidos, y desatinados, ahogábanse unos a otros, huyendo de aquella maravilla. Tan presto como los indios acometían a los fieles por la parte

donde el Santo no andaba, tan presto lo hallaban delante de sí, y huían de él desatinadamente. Con lo cual los españoles se esforzaron y pelearon de nuevo, y mataron innumerables enemigos, sin que pudiesen defenderse, y los indios acobardaron de manera que huyeron a más no poder y desampararon la pelea”.

Por los supuestos destrozos que habría causado Santiago, los indios creyeron que era Illapa, o Viracocha, o Thunupa, porque asemejaban sus luces y ruidos a los del rayo y el trueno.

Fue el inicio de la devoción a Santiago en tierras andinas pero ya no como “matamoros” sino como “mataindios”.

Existen, además, muchos reportes sobre apariciones similares en la Batalla de Cintla, en Tabasco, México (1519); en Tenochtitlán (1520); Iximché, Guatemala (1524); Sangremal, Querétaro, México (1531); Cartagena, Colombia (1536), y Chile (1640), en la campaña contra los araucanos.

Aparentemente, Santiago se había impuesto, junto a los invasores, y señoreaba en el continente

Por lo menos eso creían los españoles.

(*) Es periodista e historiador