Viaña

Surazo

(*) Juan José Toro

No puedo despedir abril sin referirme a José Enrique Viaña Rodríguez, una de las tres columnas sobre las que descansa, por ahora, el bien ganado prestigio de Gesta Bárbara.

Nació en Challapata, provincia Abaroa de Oruro, en una fecha que no estuvo clara hasta que su sobrino nieto, Gonzalo Molina Echeverría, le dio luz definitivamente: 17 de abril de 1898.

Gracias a los estudios que se han hecho sobre su obra, entre ellos los de Molina y Alba María Paz Soldán, ahora se sabe que fue más prolífico de lo que se creía.

Sus libros de poemas son “La humilde ventura” (1923), “Camino soleado (en la paz en la guerra)” (1935), “En el telar del crespúsculo” (1968) y “La sed inextinguible” (1970). Entre sus cuentos destacan “La voz de las campanas” “Página roja”, “Cuento de invierno” y “Temple de montaña” pero, en lo que a narrativa se refiere, son ineludibles sus novelas “Cuando vibraba la entraña de plata” y “Ananké”.

Viaña fue parte de la original Gesta Bárbara no solo porque algunos de sus trabajos aparecen en las páginas de la emblemática revista sino, fundamentalmente, debido a que participaba de las noches de tertulia en las que, inevitablemente, los protagonistas eran Carlos Medinaceli y Arturo Peralta, el inefable Gamaliel Churata.

Su capacidad de análisis, que se puede advertir en los ensayos que publicó a lo largo de su vida, tuvo que haber influenciado necesariamente en el grupo que se reunía en el número 101 de la calle Millares de Potosí.

La valoración de su obra dio lugar a que se incluya a “Cuando vibraba…” entre las primeras de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. La reedición, con un inigualable estudio introductorio de Paz Soldán, destaca queViaña no solo tuvo que sumergirse en el pasado virreinal de Potosí, con el fin de ubicarse temporalmente en su novela histórica, sino también su esfuerzo, quizás único en nuestro idioma, de reproducir el español que se hablaba en la Villa Imperial del siglo XVII.

Pero la característica de los bárbaros es la denuncia social y por eso es que, a la hora de elegir, yo no tengo dudas con este autor. Así como Medinaceli critica la politiquería barata en su “Chaskañawi”, Viaña refleja lo doloroso que es para un servidor público depender de la voluntad del jefe al relatarnos las penurias de Carlos Escobedo en su póstuma “Ananké”. Quien lea su biografía entenderá, de inmediato, que el autor se retrata a sí mismo en sus páginas, sino que eso signifique que la novela es autobiográfica. El protagonista de esta obra es potosino, nace en un centro minero, acude a la Guerra del Chaco pero su enemigo principal es el desempleo. Debido a la angustia de no saber de dónde obtener el dinero para la subsistencia diaria, no vive sino que agoniza lenta y diariamente. Su incertidumbre es la misma que se siente al extraviarse en la mina:“La oscuridad cayó como una lápida sobre el alma de Carlos, quiso gritar y el grito se le quedó en la garganta. Con temblorosa mano hurgó en los bolsillos de su traje buscando fósforos para encender, de nuevo, su ‘mechero’. Un inmenso silencio le rodeó como una mano ávida y comenzó a estrujarlo; no acertaba con nada en su vano intento de encender la luz; desde algún punto, dentro de la negrura que lo rodeaba, llegó un sordo ruido que crecía con rapidez haciendo temblar la galería, se le vino encima como un huracán y se perdió otra vez, Dios sabe dónde”.Quienes día a día sufren por el miedo de perder su fuente de trabajo compartirán plenamente su dolor.

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo