La medalla

Surazo

(*) Juan José Toro Montoya

El robo y posterior aparición de la medalla presidencial tuvieron el mérito de poner a prueba el civismo de los bolivianos. Por las reacciones supimos quiénes quieren de verdad a esta Patria, con todo y sus simbolismos, y quiénes son capaces de utilizar hasta sus símbolos más sagrados en afanes políticos.

Entre los efectos positivos está el hecho de que, así sea tangencialmente, muchos bolivianos conocieron la historia de la medalla. Ahora ellos saben que esa joya fue acuñada en la Casa de Moneda de Potosí y por efecto del decreto del 11 de agosto de 1825.

El referido decreto es uno de los más importantes de la historia de Bolivia. Aunque, según su epígrafe, fue promulgado para expresar “reconocimiento de gratitud, premios y honores al Libertador y Gran Mariscal de Ayacucho” y “gratificación al ejército libertador”, prácticamente es un documento fundacional del país porque establece su denominación, la capital y su nombre y el régimen del primer gobierno.

La medalla marca, también, la accidentada historia de nuestro país a partir de su nacimiento. Entregada como obsequio a Simón Bolívar, estuvo con este hasta su muerte. Por expresa disposición testamentaria del Libertador, debió ser devuelta al país pero tardó en llegar incluso hasta el gobierno de Andrés de Santa Cruz. La posesión de la joya fue parte de la pugna entre el mariscal de Zepita y José Miguel de Velasco que fue quien impulsó, decreto mediante, que se convierta en la insignia de mando de los presidentes.

No todos la lucieron, ni siquiera el rígido José María Linares, a quien se la negó Jorge Córdova por enconos políticos, pero, finalmente, se convirtió en uno más de los símbolos nacionales.

La semana anterior, tras el maremagno causado por el robo y aparición del símbolo, surgió la sospecha —e inmediata acusación— de que la medalla habría sido cambiada pero esa versión fue desechada por el presidente del Banco Central de Bolivia (BCB), la entidad encargada de su custodia.

Otra sospecha y maledicencia fue que esta joya no es la original, la que fue acuñada en la Casa de Moneda entre 1825 y 1826, ya que aquella habría sido sustituida en 1926, cuando se la tasó y restauró por primera vez. Tampoco es cierto. El exviceministro Gustavo Aliaga tuvo la gentileza de contactarme telefónicamente para hablarme del tema. Él es un personaje clave en la historia reciente de la medalla debido a que estuvo a cargo del

equipo que se ocupó de la restauración de la medalla en 2002, en el gobierno de Jorge Quiroga Ramírez, y le devolvió a la joya el reverso que tuvo en su acuñación original. Con todo lo que sabe de este asunto, la exautoridad me ratificó que la que ahora está en las bóvedas del BCB es la medalla original.

Eso sí… después de lo sucedido, ya no podemos correr más riesgos. Es hora de hacer una réplica para su uso mientras que la original debería de tener fines de exhibición, adecuadamente resguardada.

La Casa Nacional de Moneda es toda una fortaleza, tanto que fue utilizada como tal durante la Guerra de la Independencia. Desde que fue convertida en repositorio cultural, con un enorme museo incluido, nadie se ha robado nada del imponente edificio y, por tanto, es un lugar apropiado no solo para resguardar las obras de arte e historia que atesora sino cualquier otra joya.

No es disparatado proponer que la medalla presidencial vuelva a la Casa de Moneda, allá donde fue acuñada, para que, con las medidas de seguridad del caso, esté a la vista de quienes deseen apreciar ese excepcional testigo de nuestra historia.

 

(*) Premio Nacional en Historia del Periodismo.