Fidel Quispe, de "lustra" a chef ilustre

Su pareja fue la primera "cebra"

Elegante con su traje negro impecable y bordado con insignias de instituciones internacionales de alta cocina, Fidel Quispe orquesta cada detalle del servicio de catering que ofrece esa noche en la Cinemateca Boliviana: las copas se llenan hasta cierto nivel, los bocaditos frescos se acomodan de forma ordenada y las servilletas son dobladas con elegancia. Este chef aprendió la importancia de la precisión, perfección y la entrega desde pequeño, cuando era lustrabotas.

Abandonado por su padre cuando tenía un año y medio y con su madre que trabajaba entre el campo a la ciudad, Fidel tuvo que aprender a ganarse la vida desde muy temprano.

Cantaba, vendía cigarros, voceaba en el transporte público y, a los siete años, comenzó en el oficio de lustrabotas en el Cementerio General. “Un amigo mío me llevó ahí, me dijo trabajaremos”, cuenta. El pequeño Fidel no sabía lustrar calzados, pero su compañero le prometió enseñarle. Así que llegó a ese lugar lleno de flores, helados de canela y empanadas.

“Vamos allá y si no lustras, te van a invitar mitad de su heladito o de la empanada”, le recomendaban los otros niños. Ellos eran mayores, tenían entre 10 y 12 años, entonces eran más “cancheros”, así que en poco tiempo lustraron zapatos y recibieron la comida, mientras él, el más pequeño, no sabía qué hacer. Empezaba a pensar que aquello no era lo suyo.

Entonces vio a un señor joven que lo observaba con pena, un hombre que hasta el día de hoy Fidel asegura que lleva en su corazón. El chico pidió que le lustrara los zapatos y el principiante puso su cajita en el suelo para comenzar el trabajo.

“Yo no sabía lustrar, entonces le he pintado sus medias más, qué voy a hacer. Le he mirado. ‘Tranquilo, préstame tu escobilla’, me ordenó con calma. Y yo no tenía escobilla, era un cepillo de lavar ropa, no esas escobillas con las que se lustra los zapatos, era de plástico. Pero no se molestó, me aseguró: ‘Muchacho, vas a seguir adelante, vas a ver que Dios te va a ayudar, nunca te desanimes’”.

Al terminar el trabajo, el hombre le entregó al niño 20 bolivianos, le compró un helado grande de canela y tres empanadas. “Para mí era plaaata, ucha (…) con tanta amabilidad me ha tratado, me he soñado con eso. He agarrado mis 20 pesitos y me he comprado escobilla”.

Cambio de vida

Fidel continuó trabajando como lustrabotas y sí, por un tiempo seguía pintando medias y apenas ganaba 10 o 20 centavos por servicio, pero al menos ya tenía para almorzar. Se dio modos para continuar, pero en el camino lamentablemente cayó en la bebida. “Uno sufre, cómo se sufre en la calle con toda clase de gente”, asegura, pero agradece a Dios nunca haber llegado a inhalar clefa.

Al cumplir los 21, empezó a realizar lustrado por la Pérez. Ahí tenía su asiento rojo con un almohadón para los clientes, muchos de los cuales trabajaban en la Casa de la Cultura, por lo cual cada mañana entraba a las instalaciones para lustrar los zapatos a autoridades y funcionarios como don Pedro Susz, oficial mayor de Culturas en ese entonces.

Un día, mientras lustraba los zapatos de Susz, Fidel cuenta que le pidió: “Don Pedro, yo quiero ser como esos del segundo piso, que están atendiendo con guante blanco, su esmoquin, en la cafetería. ‘Pero esos son meseros’, me dice. ‘Ya me he cansado de estar en la puerta, lustrando, a veces me siento un poco mal’, le conté”.

Ante eso, el entonces la autoridad tomó el teléfono y llamó a su amigo Guillermo Iraola, el entonces director de la Escuela Hotelera. ¿Para qué? Recomendar a Fidel. Es así como don Pedro y un funcionario, Armando Urioste, lo animaron y apoyaron para que fuera hasta la institución.

Es así como con su cajita y con el pasamontañas levantado, el lustra llegó al lugar. “Era otro mundo ahí adentro. Veía ahí a los chefs con sus calatravas (sombreros), sus trajes. Yo decía, uta, ¿dónde me estoy metiendo? Me sentía triste”.

Pero las cosas cambiaron, le otorgaron media beca y la oportunidad de trabajar en las empresas de cocina para pagar el otro 50%. Fue copero, mesero, ayudante de cocina, lo que pidieran. De esa forma, un tiempo después, se convirtió en el mejor alumno y pudo cumplir su anhelo de aquel entonces, trabajar en la cafetería de la Casa de la Cultura como chef.

La Cebra y el Brillo

Actualmente, Fidel tiene una empresa de catering con capacidad para hasta 500 personas. Sirvió en sesiones de honor, almuerzos en Alasita, de Gran Poder, eventos para presidentes y alcaldes. Pero asegura que no hubiese podido solo, no sin Amanda Silva, su pareja y una de las primeras cebras del Municipio.

“Ella es mi vida. Ella me ha ayudado a trabajar en la Casa de la Cultura. Es una bella persona. Ella estaba de cebrita y un día le pregunté cómo entrar a trabajar en la cafetería de la Casa de la Cultura”, cuenta el gastrónomo e indica que ella lo ayudó a conseguir financiamiento, a armar su negocio y a animarlo a continuar.

“La cebrita sabe de la vida de la calle también, ella también ha surgido. Está estudiando (…) Nosotros seguimos luchando (…) Quiero hacer un buffet grande para mi matrimonio, invitarle a toda la gente que me conoce y casarme bien. Seguir adelante y mostrarle esta experiencia a mis hijos”, asegura.

Así Fidel construyó un negocio independiente y asegura que este ahora es otro mundo para él, otra vida, por lo que trata de ayudar a la gente como lo hicieron con él. “Hay una ocasión que el señor te da el doble (…) Y los que me han ayudado, son como padres para mí”. Es así como la ayuda de la comunidad puede cambiar la vida de una persona (AMN)